Querido Diario: 23 de septiembre, 2026

Hay encuentros que se quedan resonando en la cabeza mucho tiempo después de que ocurren. Hoy la vida me puso frente a una escena que contrasta el mundo material con la verdadera riqueza del alma. Conversé con alguien que hacía un despliegue minucioso de todo lo que posee: paredes enormes, lujos, comodidades y una lista interminable de bienes materiales, intentando adornarlo con la falsa modestia de quien dice «no es para presumir», pero repite cada posesión como si fuera un trofeo.

Y sin embargo, en medio de tanta opulencia, la verdad siempre se asoma. Entre lamentos disimulados, salió a flote la realidad: una casa inmensa, un silencio absoluto, unos hijos que volaron lejos hacia Estados Unidos y un vacío que ninguna propiedad material puede calentar.

Nos pasamos media vida corriendo detrás de acumular, de construir fortalezas de cemento y lujos, olvidando que la verdadera magia de la existencia no habita en lo que se compra, sino en lo que se comparte. De nada vale tener el palacio más grande del mundo si al cruzar la puerta lo único que te recibe es la soledad.

Qué gran privilegio es llegar a casa y que alguien te espere con una sonrisa sincera, que te regale unas buenas tardes desde el fondo del corazón, que te mire aos ojos y te pregunte cómo te fue el día. Tener la dicha de unos hijos o seres queridos que se emocionen al verte, que corran a abrazarte y que llenen las esquinas de la casa con risas y vida.

Al final, cuando baje el telón y se apaguen las luces del mundo, las paredes frías no te abrazan. La riqueza más grande de un ser humano no se mide en lo que tiene en el banco, sino en el amor sencillo que siembra y en las almas que logran abrigar su corazón.

«Con el alma, José»

Deja un comentario