Querido Diario: 25 de septiembre, 2026

Hay días en los que el alma se cansa. Nos detenemos a pensar en por qué cuesta tanto ser genuinamente bondadoso, en por qué mantener la empatía y la cordialidad se siente a veces como caminar descalzos sobre un terreno lleno de espinas.
Uno quiere tender la mano, sonreír, ser comprensivo y actuar desde los valores más limpios. Sin embargo, la maldad, el egoísmo o la indiferencia de algunas personas nos golpean de tal manera que nos arrastran a una encrucijada dolorosa: la tentación de cohibirnos, de apagar nuestra luz y de convertirnos en alguien frío solo para que dejen de lastimarnos.
Estar en ese vaivén constante es agotador. Por un lado, está nuestra esencia, lo que somos por dentro; por el otro, la autodefensa que nos grita que nos protejamos.
Pero la verdadera valentía no está en dejar de ser buenos porque el mundo sea difícil, sino en aprender a poner límites sanos sin corromper el alma. Proteger nuestra bondad no significa regalarla a quienes no la valoran, sino reservarla para quienes la honran, y aprender a decir «hasta aquí» sin perder la ternura que nos define.
Porque al final del día, cambiar nuestra esencia por culpa de los demás es permitirles que nos arrebaten lo más bonito que tenemos. Que el mundo cambie, sí, pero que nunca nos cambie a nosotros la bondad que llevamos dentro.
«Con el alma, José»