
Hoy mi corazón late con una gratitud que apenas cabe en el pecho. Si tuviera que definir este día en una sola palabra, sería plenitud. A veces, uno camina por este mundo digital sembrando semillas sin saber exactamente dónde van a caer. Pero la vida tiene estas hermosas sorpresas: de repente, una voz al otro lado de la pantalla, un mensaje lleno de cariño, un audio con un «gracias» sincero o una historia compartida te recuerdan por qué haces lo que haces.
Poder llegar a tantas personas a través de este diario de emociones es, sencillamente, el regalo más grande que la vida me ha podido dar. No hay palabras suficientes en ningún diccionario para explicar lo que se siente cuando alguien te dice que tus palabras tocaron su vida, que le dieron luz en un momento gris o que de alguna manera lograron acompañarle en sus propias situaciones. Hoy me siento especial, sí, pero sobre todo me siento profundamente bendecido.
Tengo que parar un momento para darle gracias a Dios. Gracias por los dones que me ha regalado, por las bendiciones diarias, por la sensibilidad para identificarme con el dolor y la alegría ajena, y por darme el don de escribir. Saber que a través de mis letras puedo tomar de la mano a otros y ayudarles a sanar o a entenderse un poquito mejor es más que un trabajo o un propósito: es mi mayor recompensa, el pago más hermoso que el alma puede recibir.
Hoy cierro los ojos con una sonrisa enorme y el alma abrazada. Gracias, Dios mío, por permitirme ser puente, refugio y voz. Qué bonito es sentir que la vida de uno tiene un propósito y que ese propósito es, simplemente, hacer el bien a través del amor y las palabras.
«Con el alma, José»