
Hoy el trabajo me regaló una de esas escenas que te detienen el tiempo por dentro. De camino a buscar a una persona para transportarla, mientras manejaba por las calles, me quedé mirando a los estudiantes que esperaban la guagua escolar.
Ahí estaban todos: algunos entretenidos en la pantalla de su celular, otros hermanos jugando entre risas para matar el aburrimiento de la mañana, y uno que otro recibiendo ese último beso tierno y el afecto cálido de su madre antes de subir al autobús. Verlos me transportó de golpe a mis propios años de estudiante. Y mientras los observaba, una idea profunda y un tanto melancólica se instaló en mi cabeza.
¿Cómo explicarlo? Si en ese entonces hubiésemos sabido cuán complicada, pesada y dolorosa se puede tornar la vida con el pasar de los años, cuando la madurez y la adultez nos golpean la puerta, muy probablemente habríamos querido congelar el tiempo para permanecer siempre a esa edad.
Me quedé pensando viendo sus rostros inocentes: ¿Qué será de ellos de aquí a unos años? ¿Pensarán algún día igual que yo? Si supieran lo que la vida les tiene guardado… si entendieran que para muchos el camino no va a ser precisamente color de rosa, sino cuesta arriba, marcado por vicisitudes, pruebas y tormentas que ni sospechan, ¿habrían tenido el mismo afán por crecer?
Y eso me llevó a la pregunta que hoy me pesa en el pecho. Si en aquel entonces se nos hubiera dado la oportunidad de ver el futuro, de saber exactamente las desilusiones que nos iban a romper, las lágrimas que íbamos a derramar y los problemas insondables con los que tendríamos que lidiar como adultos… si hubiésemos sabido todo lo que íbamos a sufrir, ¿Realmente habríamos deseado crecer y madurar?
«Con el alma.. José»