Querido Diario — 1 de octubre, 2026

A la gente le cuesta mucho lidiar con la honestidad, porque todo el mundo quiere escuchar lo que le endulce el oído, y lamentablemente la vida no es así. Hoy fue un claro ejemplo de esto. La situación comenzó porque una persona me pidió un consejo sincero sobre un hecho muy concreto: un hombre la había cuestionado por su forma de vestir y, a raíz de eso, decidió que no quería tener una relación con ella. Quería entender por qué ocurría esto y me pidió mi opinión directa. Como siempre he creído que la franqueza es la base de cualquier diálogo genuino, le hablé desde mi perspectiva y, lamentablemente para ella, tuve que coincidir con el punto de vista del hombre.

El centro de la discusión giró en torno a qué tenía de malo vestir de equis forma. Le respondí con la verdad: en sí mismo, la ropa es solo tela, pero vivimos en una realidad donde la apariencia comunica y el entorno juzga. Le expresé que, desde mi punto de vista, un hombre con principios y valores busca a alguien que comparta esa misma visión de respeto y pudor, y que lamentablemente quienes buscan otra clase de intenciones ven ciertas formas de vestir de una manera muy distinta. Para los gustos se hicieron los colores, y a mí, en lo personal, ese estilo no me agrada ni es lo que busco para una relación.

La reacción no se hizo esperar. Me atacó de inmediato, tachándome de sexista y machista. Y ahí es donde creo que hay un error profundo de interpretación. Esto no se trata de coartar la libertad de nadie ni de ejercer superioridad de género —que es lo que realmente define al machismo—; se trata de principios, compatibilidad y respeto mutuo.

Yo tengo muy claro lo que valoro y lo que espero de una pareja. El respeto en una relación no es negociable, y abarca desde cómo nos tratamos en privado hasta cómo nos proyectamos y cuidamos el vínculo frente al mundo. Si dos personas no coinciden en algo tan básico como los límites del pudor y la forma de entender el respeto en pareja, el camino lógico no es imponerse, sino reconocer que no son el uno para el otro.

Al final del día, tengo muy claro quién soy y cuáles son mis principios. Yo nunca me voy a expresar de cierta forma por algo con lo que no esté de acuerdo, ni voy a decir jamás lo que la otra persona quiere escuchar solo para complacerla, sino lo que realmente pienso y siento. Toda la vida he sido sumamente honesto y no tengo pelos en la lengua a la hora de decir lo que hay en mi mente y en mi corazón. Si esta persona decidió pensar de esa forma, se lo respeto por completo, pero todos tenemos el derecho indiscutible de elegir lo que realmente queremos para nuestra vida. Me tocó darle la razón al hombre porque pienso exactamente igual que él; y, muy probablemente, en un futuro ella encontrará a alguien que encaje con su visión y piense de igual manera. Por lo pronto, yo sigo firme en mi verdad.

«Con el alma, José»

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