Aprender a hacerse bien a sí mismo, es a veces más difícil, que aprender a hacer el bien a otros.

Paradójicamente, nos resulta mucho más natural convertirnos en el refugio, el consejo y el consuelo de quienes nos rodean. Extender una mano amiga, perdonar los errores ajenos o cuidar del bienestar de los demás responde a un impulso casi innato de empatía y conexión.

Sin embargo, cuando se trata de aplicarnos esa misma compasión, la brújula suele fallar. Nos convertimos en nuestros jueces más severos, exigiendo una perfección imposible, cargando con culpas que no nos corresponden y posponiendo nuestro propio cuidado.

Hacerse bien a uno mismo implica un acto profundo de valentía: requiere desaprender la autoexigencia destructiva, aceptar nuestras vulnerabilidades y entender que la paz interior no es un premio que se gana castigándose, sino un cimiento que se cultiva con paciencia. Cuidar de los demás da sentido al mundo, pero cuidar de uno mismo es el único lugar donde ese mundo realmente comienza a sanar.

Diario de Emociones 💜

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